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dissabte, 13 de febrer del 2010
Una mujer de la calle
UNA MUJER DE LA CALLE de RAFAEL DE LEÓN
En tu boca una sonrisa,
en tu cara dos lunares,
luna en tus ojos de noche
y en tu cabello azabache.
Palomas eran tus manos
bronce moreno tu carne
en tu reír una entrega,
en tu mirar, un desplante.
Así te vi una mañana
en la esquina de una calle.
Me dejaste tu mirada
mientras ceñía tu talle,
mi beso te supo a vino
el tuyo me dio más hambre
y me trajo sin querer
aromas de castidades
como si fueses mujer,
que no supiera de darse.
Tu cuerpo lleno de huellas
de otros besos y otras hambres,
me regalo unas caricias
que no quisiste cobrarte
y aunque estas hecha en el barro
y eres mujer de la calle,
llorabas arrepentida mientras
ardía tu sangre, pero
te llame bonita, mi boca
volvió a besarte
y tu pena se perdió
como un suspiro en el aire.
La gente que siempre dice
decía sin apiadarse: -que una mujer
de to el mundo,
no se busca pa casarse.-
Pero yo que te quería
no hice caso de nadie.
Te corteje en la ventana
como los hombres cabales
y una mañana, allá a la iglesia
vine contento a buscarte
y te puse en ese dedo,
un anillo de esponsales.
Vestí tu alma de blanco
y la saque a pasearse,
quité las malas ideas
que iban a atormentarte
y tuviste el apellido
que a ti, te negó tu padre.
Nada te faltó en mi casa
nada más podía darte.
Lavé tu cariño puro
el barro que amontonaste
y te cambié con mis besos
hasta el color de la carne.
Lo que no pude cambiar
fueron esos dos lunares,
ni pude quitar jamás
por más que quise obligarte,
de tu sonrisa, esa entrega,
de tu mirar, el desplante.
La gente clavó en mi pecho
como navajas cortantes,
murmuraciones que fueron dolor
con que me pagaste,
cometiendo esa vileza,
has deshecho dos hogares
el nuestro y el de esos niños,
que se han quedao sin padre.
Lástima me da de ti,
vergüenza me da mirarte
no me vengas a decir
que tengo que perdonarte
porque me quieres aun
y yo no puedo olvidarte
La mortaja de mi pena
han sido esos dos lunares,
esa sonrisa de entrega
ese mirar sin desplante,
son muchas provocaciones
para que un hombre de coraje
tenga tranquilas las manos
y las ideas cabales.
Me estas volviendo loco,
me estas quemando la sangre,
con esa humildad fingida
con que quieres engañarme.
Vete, al lugar que te cuadra,
vete a esperar que, en la calle
te machen con unos besos,
que luego habrán de pagarte.
Vete mujer, no me llores,
no vengas a provocarme,
que en mi corazón
la pena solloza por soleares
y los bronces de un cariño,
tocando, están a funerales.
Vete al lugar que te cuadra,
a calmar soeces hambres
y llenarte el corazón
de cosas inconfesables,
que una mujer como tú,
solo sirve pa mancharse.
Estás fundida en el barro,
eres mujer de la calle.
En tu boca una sonrisa,
en tu cara dos lunares,
luna en tus ojos de noche
y en tu cabello azabache.
Palomas eran tus manos
bronce moreno tu carne
en tu reír una entrega,
en tu mirar, un desplante.
Así te vi una mañana
en la esquina de una calle.
Me dejaste tu mirada
mientras ceñía tu talle,
mi beso te supo a vino
el tuyo me dio más hambre
y me trajo sin querer
aromas de castidades
como si fueses mujer,
que no supiera de darse.
Tu cuerpo lleno de huellas
de otros besos y otras hambres,
me regalo unas caricias
que no quisiste cobrarte
y aunque estas hecha en el barro
y eres mujer de la calle,
llorabas arrepentida mientras
ardía tu sangre, pero
te llame bonita, mi boca
volvió a besarte
y tu pena se perdió
como un suspiro en el aire.
La gente que siempre dice
decía sin apiadarse: -que una mujer
de to el mundo,
no se busca pa casarse.-
Pero yo que te quería
no hice caso de nadie.
Te corteje en la ventana
como los hombres cabales
y una mañana, allá a la iglesia
vine contento a buscarte
y te puse en ese dedo,
un anillo de esponsales.
Vestí tu alma de blanco
y la saque a pasearse,
quité las malas ideas
que iban a atormentarte
y tuviste el apellido
que a ti, te negó tu padre.
Nada te faltó en mi casa
nada más podía darte.
Lavé tu cariño puro
el barro que amontonaste
y te cambié con mis besos
hasta el color de la carne.
Lo que no pude cambiar
fueron esos dos lunares,
ni pude quitar jamás
por más que quise obligarte,
de tu sonrisa, esa entrega,
de tu mirar, el desplante.
La gente clavó en mi pecho
como navajas cortantes,
murmuraciones que fueron dolor
con que me pagaste,
cometiendo esa vileza,
has deshecho dos hogares
el nuestro y el de esos niños,
que se han quedao sin padre.
Lástima me da de ti,
vergüenza me da mirarte
no me vengas a decir
que tengo que perdonarte
porque me quieres aun
y yo no puedo olvidarte
La mortaja de mi pena
han sido esos dos lunares,
esa sonrisa de entrega
ese mirar sin desplante,
son muchas provocaciones
para que un hombre de coraje
tenga tranquilas las manos
y las ideas cabales.
Me estas volviendo loco,
me estas quemando la sangre,
con esa humildad fingida
con que quieres engañarme.
Vete, al lugar que te cuadra,
vete a esperar que, en la calle
te machen con unos besos,
que luego habrán de pagarte.
Vete mujer, no me llores,
no vengas a provocarme,
que en mi corazón
la pena solloza por soleares
y los bronces de un cariño,
tocando, están a funerales.
Vete al lugar que te cuadra,
a calmar soeces hambres
y llenarte el corazón
de cosas inconfesables,
que una mujer como tú,
solo sirve pa mancharse.
Estás fundida en el barro,
eres mujer de la calle.
divendres, 5 de febrer del 2010
¿Me da usté candela?
¿ME DA USTED CANDELA? de RAFAEL DE LEÓN
Perdone usté, caballero.
¿Quiere usté darme candela?
Mil gracias... er farolero
que enciende esta callejuela
parese que s'ha dormío...
no es sitio muy de mi gusto...
tan solo... tan escondío...
como pa llevarse un susto.
Claro que, pa dos valientes
que sargan desafiaos,
éste es un sitio imponente...
y pa los enamoraos,
cuando la luz se retira
y viene ya anocheciendo
y él va disiendo mentiras
y ella se las va creyendo.
¡Qué casualidá, señores!
a usté lo conozco yo.
¿Usté no se llama Flores
y vive en Amor de Dio?
¿Dónde le he visto yo a usté?
Tal vez en la barbería
o en la Puerta de Jeré,
o en una fotografía,
sobre un marco mu bonito
de peluche carmesí...
y escrito: “a mi Rosarito,
de su nene Pedro Luí”.
Es una condisión rara
que tienen los de mi quinta,
que en contemplando una cara
ya nunca se nos despinta.
Si Sevilla es un pañuelo...
ya ve usté qué grasia tiene...
Yo, ar pronto, dije —¡un mochuelo!
Y resurta que es... er nene.
Con su buen sigarro puro,
su tirilla armidoná
y metiéndose en lo oscuro
como un hombre de verdá.
Y es que, por esta calleja,
se corta pa Puerta Osario,
pero allí no está la reja
de esa muchacha, Rosario.
Allí hay unos ojos verdes
de bicho de mal agüero,
que el que los mira, se pierde...
¡No vaya usté, compañero!
Esa Marijuana Sánchez
que le espera en el zaguán,
tiene ya cuatro reenganches
y sabe más que Briján.
Con esto, yo no le quito
que vaya usté donde quiera...
tó pué sé que... Rosarito,
cuando se entere, se muera.
Pero, claro, usté es un nene
grasioso y enamorao,
con buen tipo y muchos bienes
y novias por toos los laos.
Rosario... una menudencia;
bonitilla... y sin parné;
pero tiene más desensia
que toa su casta de usté.
Y da la casolidá
que, desde que ella ha nasío,
cuando tiene que firmá
firma con mis apellíos.
Der coló de la senisa
se le pone a usté er semblante
y es que er corazón le avisa
de lo que tiene delante.
sí señó... un banderillero
que estaba ayé en Venesuela
y hoy es er duende primero
de esta oscura callejuela.
Y se tropieza a un tal Flores,
tan siego y tan temerario,
que le está mintiendo amores
a esa muchacha... Rosario.
Y er duende, con voz muy baja,
se acerca y le dice ar tá:
—“encárgate la mortaja
si vuervo a verla llorá.”
¿Por qué te callas? ¿qué piensas?
creí que eras más valiente.
¿O es que ya te da vergüenza
burlarte de una inocente?
A Dios der sielo le pío
que te pongas en rasón,
porque tengo desidío
buscarme la perdisión.
Porque ese nardo, ese lirio
que a ti tanto te divierte,
la quiero yo con delirio,
con fatiguitas de muerte.
Porque es la viva pintura
de una santa que murió
dejándome esa criatura
pa que la criara yo.
Y he sembrao er mundo entero
de pares de banderillas
para ponerle en enero
los Reyes a mi chiquilla.
¡pa que ahora venga un tunante,
le jure y ella lo crea!
¡y asín que s'acabe er cante:
“buenas noches y ahí te queas”!
Al que quiera intentar eso
con la fló de mis entrañas,
le pongo er pie en er pescuezo
lo mismo que a una alimaña.
Si se casa usté argún día
y er sielo le da un chavá
dirá: “¡qué rasón tenía
er que me quiso matá!”
que a eso na más he venío,
¿a qué andarse con pamplinas?
en justicia yo he debío
clavarlo a usté en una esquina.
Pero, en fin, de usté depende.
Lo conozco... y usté a mí.
Y aquel que a mi niña ofende
que se ponga a bien morí.
¿Se va usté pa Puerta Osario?
¡No se meta usté en belenes!
¡Yo me voy con mi Rosario!
¡Mi Rosario...! ¡Condiós, nene!
Perdone usté, caballero.
¿Quiere usté darme candela?
Mil gracias... er farolero
que enciende esta callejuela
parese que s'ha dormío...
no es sitio muy de mi gusto...
tan solo... tan escondío...
como pa llevarse un susto.
Claro que, pa dos valientes
que sargan desafiaos,
éste es un sitio imponente...
y pa los enamoraos,
cuando la luz se retira
y viene ya anocheciendo
y él va disiendo mentiras
y ella se las va creyendo.
¡Qué casualidá, señores!
a usté lo conozco yo.
¿Usté no se llama Flores
y vive en Amor de Dio?
¿Dónde le he visto yo a usté?
Tal vez en la barbería
o en la Puerta de Jeré,
o en una fotografía,
sobre un marco mu bonito
de peluche carmesí...
y escrito: “a mi Rosarito,
de su nene Pedro Luí”.
Es una condisión rara
que tienen los de mi quinta,
que en contemplando una cara
ya nunca se nos despinta.
Si Sevilla es un pañuelo...
ya ve usté qué grasia tiene...
Yo, ar pronto, dije —¡un mochuelo!
Y resurta que es... er nene.
Con su buen sigarro puro,
su tirilla armidoná
y metiéndose en lo oscuro
como un hombre de verdá.
Y es que, por esta calleja,
se corta pa Puerta Osario,
pero allí no está la reja
de esa muchacha, Rosario.
Allí hay unos ojos verdes
de bicho de mal agüero,
que el que los mira, se pierde...
¡No vaya usté, compañero!
Esa Marijuana Sánchez
que le espera en el zaguán,
tiene ya cuatro reenganches
y sabe más que Briján.
Con esto, yo no le quito
que vaya usté donde quiera...
tó pué sé que... Rosarito,
cuando se entere, se muera.
Pero, claro, usté es un nene
grasioso y enamorao,
con buen tipo y muchos bienes
y novias por toos los laos.
Rosario... una menudencia;
bonitilla... y sin parné;
pero tiene más desensia
que toa su casta de usté.
Y da la casolidá
que, desde que ella ha nasío,
cuando tiene que firmá
firma con mis apellíos.
Der coló de la senisa
se le pone a usté er semblante
y es que er corazón le avisa
de lo que tiene delante.
sí señó... un banderillero
que estaba ayé en Venesuela
y hoy es er duende primero
de esta oscura callejuela.
Y se tropieza a un tal Flores,
tan siego y tan temerario,
que le está mintiendo amores
a esa muchacha... Rosario.
Y er duende, con voz muy baja,
se acerca y le dice ar tá:
—“encárgate la mortaja
si vuervo a verla llorá.”
¿Por qué te callas? ¿qué piensas?
creí que eras más valiente.
¿O es que ya te da vergüenza
burlarte de una inocente?
A Dios der sielo le pío
que te pongas en rasón,
porque tengo desidío
buscarme la perdisión.
Porque ese nardo, ese lirio
que a ti tanto te divierte,
la quiero yo con delirio,
con fatiguitas de muerte.
Porque es la viva pintura
de una santa que murió
dejándome esa criatura
pa que la criara yo.
Y he sembrao er mundo entero
de pares de banderillas
para ponerle en enero
los Reyes a mi chiquilla.
¡pa que ahora venga un tunante,
le jure y ella lo crea!
¡y asín que s'acabe er cante:
“buenas noches y ahí te queas”!
Al que quiera intentar eso
con la fló de mis entrañas,
le pongo er pie en er pescuezo
lo mismo que a una alimaña.
Si se casa usté argún día
y er sielo le da un chavá
dirá: “¡qué rasón tenía
er que me quiso matá!”
que a eso na más he venío,
¿a qué andarse con pamplinas?
en justicia yo he debío
clavarlo a usté en una esquina.
Pero, en fin, de usté depende.
Lo conozco... y usté a mí.
Y aquel que a mi niña ofende
que se ponga a bien morí.
¿Se va usté pa Puerta Osario?
¡No se meta usté en belenes!
¡Yo me voy con mi Rosario!
¡Mi Rosario...! ¡Condiós, nene!
diumenge, 31 de gener del 2010
Mi compañero
MI COMPAÑERO de RAFAEL DE LEÓN
La mujer que yo quería
con otro la he visto hablá
aunque me cuesta la via
no habrán de verme llorar.
Vivan los cantes bonitos,
viva la gente morena
que con un tango de cae
le hace un entierro
a sus penas
Viva el vino de San Lucas
y el aguardiente de mora
me emborracho y no echo a cuenta
de si el corazón me llora.
Dolerme?… bueno, que zi me duele
que me falte su querer
pero trinco siete gordas
y echa vino montañes.
Vamos, vamos , talento
y privà no hay duca que
a mi me levante el gallo
yo, no he llorao ni ziquiera
la muerte de mi caballo
Ai que caballo ma bueno
que planta mas zeñorona
tomaba café con leche
lo mismo que una prezona
En pelo, me lo montaba
na de zilla ni de espuela
pero hombre,
si cuando chico
iba conmigo a la escuela.
Me pego un dia el maestro
por no zabé geografia
y el potro le dio dos cozes
que lo trasladó pa turquia.
Cuando el tifu
que ni un pelo fartó
pa que me muriera
no había quien lo arrancara
de junto a mi cabecera
siempre juntos
como hermanos.
Era igualico que yo,
que importaba que
tuviera cuatro patas
y yo dó.
La orejilla de punta
los ojos como candiles
a cuarenta y ziete legua
divisaba los civiles
a la vista de un tricornio
bueno, se bebía las distancias
cuando nos daban el: “yartó”,
ya estaba el caballo en francia
y si estaba yo ispeccionando
los corrales de gallina
me avisaba en un relincho
“tu titi, tu, que viene la vesina”.
Y como yo pretendiera
de amores a una serrana
vamo que s’arrodillaba
el caballo debajo de su ventana
ah que caballo mas noble
que compañero mas fino
pues, pues no lo lloro,
no, me bebo las lagrimas en el vino
que vengan las negras ducas
que poco me importa a mi
con el vino de San Lucas
yo, me yarto de reir.
Un domingo fui a los toros
que tarde ma divertida
viendo al niño de boluyo
la indama que tenia,
ar picaor de reserva
le acertaron tres tomates
que la chaquetilla verde,
se la pusieron granate.
Sinvergüenza, picatoste
vamo al toro, a picar
y el me dijo: es el caballo
que no quiere caminar.
Mira, el caballo,
si el caballo
el compañerito mio
que yo estaba de dando vose
y el m’habia conosio
los gitanos que m’han vendió
pa darme muerte en la arena
defiéndeme compañero
apárame en mi vejez
que el toro,
el toro me está mirando
y yo, no me puedo valer.
En la raíz de mis huesos
sentí un temblor de agonía
el toro en aquel instante
como un rayo lo embestía
yo quise arrojarme
salvarlo, de aquella muerte certera
y alguien me dijo:
“venga a la cama
y a dormir la borrachera!”
Juez divino, dios del cielo
dale a esta gente un castigo
que se arrejunta por miles
pa asesinarme un amigo.
Una mujer, desde arriba
le echo al caballo una rosa,
“ya tiene entierro con flores
que Dios te lo pague hermosa”.
Ze quedo como un guiñapo
muerto allí junto al estribo
pero yo, yo como soy hombre
me divierto bebo y vivo
vino fresco, venga pronto
dame vino de la parma
que esta de cuerpo presente
mi compañero del alma.
“que se siente i que se acalle
vamó porque chilla ese guasón?”
porque ese torito negro
me ha partido el corason
por eso brindo y no lloro
la muerte de mi caballo
aquel que murió en los toros
en una tarde de mayo.
Ai, como quieres que suspire
por farta de tu querer,
si he visto morir a un hermano
y ya, ya ni me acuerdo de el.
La mujer que yo quería
con otro la he visto hablá
aunque me cuesta la via
no habrán de verme llorar.
Vivan los cantes bonitos,
viva la gente morena
que con un tango de cae
le hace un entierro
a sus penas
Viva el vino de San Lucas
y el aguardiente de mora
me emborracho y no echo a cuenta
de si el corazón me llora.
Dolerme?… bueno, que zi me duele
que me falte su querer
pero trinco siete gordas
y echa vino montañes.
Vamos, vamos , talento
y privà no hay duca que
a mi me levante el gallo
yo, no he llorao ni ziquiera
la muerte de mi caballo
Ai que caballo ma bueno
que planta mas zeñorona
tomaba café con leche
lo mismo que una prezona
En pelo, me lo montaba
na de zilla ni de espuela
pero hombre,
si cuando chico
iba conmigo a la escuela.
Me pego un dia el maestro
por no zabé geografia
y el potro le dio dos cozes
que lo trasladó pa turquia.
Cuando el tifu
que ni un pelo fartó
pa que me muriera
no había quien lo arrancara
de junto a mi cabecera
siempre juntos
como hermanos.
Era igualico que yo,
que importaba que
tuviera cuatro patas
y yo dó.
La orejilla de punta
los ojos como candiles
a cuarenta y ziete legua
divisaba los civiles
a la vista de un tricornio
bueno, se bebía las distancias
cuando nos daban el: “yartó”,
ya estaba el caballo en francia
y si estaba yo ispeccionando
los corrales de gallina
me avisaba en un relincho
“tu titi, tu, que viene la vesina”.
Y como yo pretendiera
de amores a una serrana
vamo que s’arrodillaba
el caballo debajo de su ventana
ah que caballo mas noble
que compañero mas fino
pues, pues no lo lloro,
no, me bebo las lagrimas en el vino
que vengan las negras ducas
que poco me importa a mi
con el vino de San Lucas
yo, me yarto de reir.
Un domingo fui a los toros
que tarde ma divertida
viendo al niño de boluyo
la indama que tenia,
ar picaor de reserva
le acertaron tres tomates
que la chaquetilla verde,
se la pusieron granate.
Sinvergüenza, picatoste
vamo al toro, a picar
y el me dijo: es el caballo
que no quiere caminar.
Mira, el caballo,
si el caballo
el compañerito mio
que yo estaba de dando vose
y el m’habia conosio
los gitanos que m’han vendió
pa darme muerte en la arena
defiéndeme compañero
apárame en mi vejez
que el toro,
el toro me está mirando
y yo, no me puedo valer.
En la raíz de mis huesos
sentí un temblor de agonía
el toro en aquel instante
como un rayo lo embestía
yo quise arrojarme
salvarlo, de aquella muerte certera
y alguien me dijo:
“venga a la cama
y a dormir la borrachera!”
Juez divino, dios del cielo
dale a esta gente un castigo
que se arrejunta por miles
pa asesinarme un amigo.
Una mujer, desde arriba
le echo al caballo una rosa,
“ya tiene entierro con flores
que Dios te lo pague hermosa”.
Ze quedo como un guiñapo
muerto allí junto al estribo
pero yo, yo como soy hombre
me divierto bebo y vivo
vino fresco, venga pronto
dame vino de la parma
que esta de cuerpo presente
mi compañero del alma.
“que se siente i que se acalle
vamó porque chilla ese guasón?”
porque ese torito negro
me ha partido el corason
por eso brindo y no lloro
la muerte de mi caballo
aquel que murió en los toros
en una tarde de mayo.
Ai, como quieres que suspire
por farta de tu querer,
si he visto morir a un hermano
y ya, ya ni me acuerdo de el.
divendres, 29 de gener del 2010
Pena y alegria del amor
PENA Y ALEGRIA DEL AMOR de RAFAEL DE LEÓN
Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo.
Por la garganta me sube
un río de sangre fresco
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos
y en la sien una corona
hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone la piel
cada vez que recuerdo
que soy un hombre casao
y sin embargo, te quiero.
Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de amapolas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo
que anda rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.
¡Ay, que pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!
¡Ay, qué alegría, alegría,
quererte como te quiero!
Cuando por las noches a solas
me quedo con tu recuerdo
derribaría la pared
que separa nuestro sueño,
rompería con mis manos
de tu cancela los hierros,
con tal de verme a tu lado,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento
y luego, qué se me daba
quedarme en tus brazos muerto.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Nuestro amor es agonía,
lucha, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.
Es morirse a cada paso
y seguir viviendo luego
con una espada de punta
siempre pendiente del pecho.
Salgo de mi casa al campo
sólo con tus pensamientos,
para acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo.
Y lo aprieto entre mis manos
lo mismo que a un limón nuevo,
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.
Ayer, en la Plaza Nueva,
mi vida, no vuelvas a hacerlo?
te vi besar a mi hijo,
si a mi hijo el más pequeño,
y cómo lo besarías
¡ay, Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que tú a mí me distes un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque la tierra se abra
y aun cuando el pueblo se entere
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.
Y que aprendan a quererse
los que quieren en silencio.
Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo.
Por la garganta me sube
un río de sangre fresco
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos
y en la sien una corona
hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone la piel
cada vez que recuerdo
que soy un hombre casao
y sin embargo, te quiero.
Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de amapolas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo
que anda rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.
¡Ay, que pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!
¡Ay, qué alegría, alegría,
quererte como te quiero!
Cuando por las noches a solas
me quedo con tu recuerdo
derribaría la pared
que separa nuestro sueño,
rompería con mis manos
de tu cancela los hierros,
con tal de verme a tu lado,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento
y luego, qué se me daba
quedarme en tus brazos muerto.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Nuestro amor es agonía,
lucha, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.
Es morirse a cada paso
y seguir viviendo luego
con una espada de punta
siempre pendiente del pecho.
Salgo de mi casa al campo
sólo con tus pensamientos,
para acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo.
Y lo aprieto entre mis manos
lo mismo que a un limón nuevo,
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.
Ayer, en la Plaza Nueva,
mi vida, no vuelvas a hacerlo?
te vi besar a mi hijo,
si a mi hijo el más pequeño,
y cómo lo besarías
¡ay, Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que tú a mí me distes un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque la tierra se abra
y aun cuando el pueblo se entere
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.
Y que aprendan a quererse
los que quieren en silencio.
Romance de la voz en la sangre
ROMANCE DE LA VOZ EN LA SANGRE de RAFAEL DE LEÓN
Fue hacia la tercera luna
cuando lo sintió en los centros.
Estaba sobre la hierba,
tumbada de cara al cielo
-viendo la tarde morirse
sobre sus ojos abiertos-
cuando notó en la cintura
como un pájaro pequeño,
que aleteó por lo oscuro
de su vientre unos momentos,
y luego vino a pararse
sobre su talle, en silencio...
Fue hacia la tercera luna
cuando lo sintió en los centros...
Un ¡ay! de gozo y asombro
y otro de duda y recelo
salieron de su garganta.
Las palomas de su pecho
se erizaron de blancura,
y un temblor de alumbramiento
sacudió de sur a norte
todo el mapa de su cuerpo
e hizo crujir entre sombras
las ramas de su esqueleto...
En un brinco de gacela
se ha levantado del suelo
y ha echado a andar lentamente
por la vereda de cedros.
Parece tallada en tierra
la cara de Sacramento.
-Iré a ver a la Jacinta
lo mismo que otras lo hicieron...
Ella conoce las plantas
y sabrá darme el remedio...
-¿No te da pena matarme
antes de nacer...?
¡Qué miedo
le dio al escuchar la voz
que le salía al encuentro,
envuelta en hilos de sangre
cortando su propio aliento!
-¿Quién eres que así me hablas...?
-Ahora, nadie... casi un sueño;
mañana, si tú me dejas,
un hombre de cuerpo entero...
-¿Y qué voy a hacer, mi niño?
-Parirme como un almendro
en la mitad de la cama
con las entrañas ardiendo.
-¿Pero y mi honra?
-Tu honra
la limpiaré con mis besos:
las madres después del parto
quedan igual que un espejo...
-Pero me faltan seis meses,
seis plenilunios completos
frente a los ojos que miran
y las bocas de veneno.
-¿Y a ti qué te importa nadie?
Ponte delante del pueblo
y escúpele la belleza
de llevar un hijo dentro.
-¡Temo a las lenguas cobardes!
-Y en cambio no te da miedo
ir a buscar una planta
de sombra -flor de silencio-,
para derramar mi vida
por el primer sumidero
y que no quede del hijo
ni una fecha ni un recuerdo...
-¡Calla!
-No puedo callarme.
Una perra no haría eso:
me lamería los ojos
hasta que los fuera abriendo...
Pondría mi piel suave
lo mismo que el terciopelo
y luego ya, sin saliva,
con los dientes en acecho,
se tumbaría a mi lado
hecha un río dulce y tierno,
para que yo la dejara
hasta sin cal en los huesos.
-¡Por Dios!
-Por Él, yo te pido
que no me dejes sin cielo.
Corta sábanas de holanda;
borda pañales de céfiro;
aprende nanas azules
y planta naranjos nuevos...,
y cuando me hayas parido
como a un torito pequeño,
abre puertas y ventanas,
que me contemplen durmiendo
lo mismo que un patriarca
en el valle de tus pechos...
La voz se apagó en la sangre;
la cara de Sacramento
parece como de barro
de oscura que se le ha puesto,
y con sus manos sin pulso
se toca el vientre moreno...
¡Ay qué monte de alegría!
¡Qué rosal al descubierto!
¡Qué luna bajo la falda!
¡Qué lirio de tallo inquieto!
-¡Yo te juro, amor -mi niño-,
por mis vivos y mis muertos,
que te he de parir un día
sonámbula de contento,
aunque me escupan a una
todas las lenguas del pueblo!
Fue hacia la tercera luna
cuando lo sintió en los centros.
Estaba sobre la hierba,
tumbada de cara al cielo
-viendo la tarde morirse
sobre sus ojos abiertos-
cuando notó en la cintura
como un pájaro pequeño,
que aleteó por lo oscuro
de su vientre unos momentos,
y luego vino a pararse
sobre su talle, en silencio...
Fue hacia la tercera luna
cuando lo sintió en los centros...
Un ¡ay! de gozo y asombro
y otro de duda y recelo
salieron de su garganta.
Las palomas de su pecho
se erizaron de blancura,
y un temblor de alumbramiento
sacudió de sur a norte
todo el mapa de su cuerpo
e hizo crujir entre sombras
las ramas de su esqueleto...
En un brinco de gacela
se ha levantado del suelo
y ha echado a andar lentamente
por la vereda de cedros.
Parece tallada en tierra
la cara de Sacramento.
-Iré a ver a la Jacinta
lo mismo que otras lo hicieron...
Ella conoce las plantas
y sabrá darme el remedio...
-¿No te da pena matarme
antes de nacer...?
¡Qué miedo
le dio al escuchar la voz
que le salía al encuentro,
envuelta en hilos de sangre
cortando su propio aliento!
-¿Quién eres que así me hablas...?
-Ahora, nadie... casi un sueño;
mañana, si tú me dejas,
un hombre de cuerpo entero...
-¿Y qué voy a hacer, mi niño?
-Parirme como un almendro
en la mitad de la cama
con las entrañas ardiendo.
-¿Pero y mi honra?
-Tu honra
la limpiaré con mis besos:
las madres después del parto
quedan igual que un espejo...
-Pero me faltan seis meses,
seis plenilunios completos
frente a los ojos que miran
y las bocas de veneno.
-¿Y a ti qué te importa nadie?
Ponte delante del pueblo
y escúpele la belleza
de llevar un hijo dentro.
-¡Temo a las lenguas cobardes!
-Y en cambio no te da miedo
ir a buscar una planta
de sombra -flor de silencio-,
para derramar mi vida
por el primer sumidero
y que no quede del hijo
ni una fecha ni un recuerdo...
-¡Calla!
-No puedo callarme.
Una perra no haría eso:
me lamería los ojos
hasta que los fuera abriendo...
Pondría mi piel suave
lo mismo que el terciopelo
y luego ya, sin saliva,
con los dientes en acecho,
se tumbaría a mi lado
hecha un río dulce y tierno,
para que yo la dejara
hasta sin cal en los huesos.
-¡Por Dios!
-Por Él, yo te pido
que no me dejes sin cielo.
Corta sábanas de holanda;
borda pañales de céfiro;
aprende nanas azules
y planta naranjos nuevos...,
y cuando me hayas parido
como a un torito pequeño,
abre puertas y ventanas,
que me contemplen durmiendo
lo mismo que un patriarca
en el valle de tus pechos...
La voz se apagó en la sangre;
la cara de Sacramento
parece como de barro
de oscura que se le ha puesto,
y con sus manos sin pulso
se toca el vientre moreno...
¡Ay qué monte de alegría!
¡Qué rosal al descubierto!
¡Qué luna bajo la falda!
¡Qué lirio de tallo inquieto!
-¡Yo te juro, amor -mi niño-,
por mis vivos y mis muertos,
que te he de parir un día
sonámbula de contento,
aunque me escupan a una
todas las lenguas del pueblo!
dijous, 28 de gener del 2010
Romance de aquel hijo
ROMANCE DE AQUEL HIJO de RAFAEL DE LEÓN
Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto
con tus ojos y tu boca
y tu piel color de trigo,
pero con un corazón
grande y loco como el mío.
Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo un ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.
Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo,
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto,
y a mí... tal vez que saliera
en lo triste y en lo lírico,
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con cuatro estaciones,
un barco, un pájaro, un nido,
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
¿Te acuerdas de aquella tarde,
bajo el verde de los pinos,
que me dijiste: —¡Qué gloria
cuando tengamos un hijo! ?
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban en tu delirio.
Yo te escuchaba, distante,
entre mis versos perdido,
pero sentí por la espalda
correr un escalofrío...
Y repetí como un eco:
«¡Cuando tengamos un hijo!...»
Tú, entre sueños, ya cantabas
nanas de sierra y tomillo,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones
levantaba un equilibrio
una torre de esperanzas
con un balcón de suspiros.
¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria
cuando tengamos un hijo!
En tu cómoda de cedro
nuestro ajuar se quedó frío,
entre azucena y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes,
qué sin gracia los vestidos,
qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!
Tu velo blanco de novia,
por tu olvido y por mi olvido,
fue un camino de Santiago,
doloroso y amarillo.
Tú te has casado con otro,
yo con otra hice lo mismo;
juramentos y palabras
están secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.
Ahora bajas al paseo,
rodeada de tus hijos,
dando el brazo a... la levita
que se pone tu marido.
Te llaman doña Manuela,
llevas guantes y abanico,
y tres papadas te cortan
en la garganta el suspiro.
Nos saludamos de lejos,
como dos desconocidos;
tu marido sube y baja
la chistera; yo me inclino,
y tú sonríes sin gana,
de un modo triste y ridículo.
Pero yo no me doy cuenta
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio.
Y te veo como entonces,
con tu cintura de lirio,
un jazmín entre los dientes,
de color como el del trigo
y aquella voz que decía:
«¡Cuando tengamos un hijo!...»
Y en esas tardes de lluvia,
cuando mueves los bolillos,
y yo paso por tu calle
con mi pena y con mi libro
dices, temblando, entre dientes,
arropada en los visillos:
«¡Ay, si yo con ese hombre
hubiera tenido un hijo!...»
Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto
con tus ojos y tu boca
y tu piel color de trigo,
pero con un corazón
grande y loco como el mío.
Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo un ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.
Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo,
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto,
y a mí... tal vez que saliera
en lo triste y en lo lírico,
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con cuatro estaciones,
un barco, un pájaro, un nido,
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
¿Te acuerdas de aquella tarde,
bajo el verde de los pinos,
que me dijiste: —¡Qué gloria
cuando tengamos un hijo! ?
Y temblaba tu cintura
como un palomo cautivo,
y nueve lunas de sombra
brillaban en tu delirio.
Yo te escuchaba, distante,
entre mis versos perdido,
pero sentí por la espalda
correr un escalofrío...
Y repetí como un eco:
«¡Cuando tengamos un hijo!...»
Tú, entre sueños, ya cantabas
nanas de sierra y tomillo,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones
levantaba un equilibrio
una torre de esperanzas
con un balcón de suspiros.
¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria
cuando tengamos un hijo!
En tu cómoda de cedro
nuestro ajuar se quedó frío,
entre azucena y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes,
qué sin gracia los vestidos,
qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!
Tu velo blanco de novia,
por tu olvido y por mi olvido,
fue un camino de Santiago,
doloroso y amarillo.
Tú te has casado con otro,
yo con otra hice lo mismo;
juramentos y palabras
están secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.
Ahora bajas al paseo,
rodeada de tus hijos,
dando el brazo a... la levita
que se pone tu marido.
Te llaman doña Manuela,
llevas guantes y abanico,
y tres papadas te cortan
en la garganta el suspiro.
Nos saludamos de lejos,
como dos desconocidos;
tu marido sube y baja
la chistera; yo me inclino,
y tú sonríes sin gana,
de un modo triste y ridículo.
Pero yo no me doy cuenta
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio.
Y te veo como entonces,
con tu cintura de lirio,
un jazmín entre los dientes,
de color como el del trigo
y aquella voz que decía:
«¡Cuando tengamos un hijo!...»
Y en esas tardes de lluvia,
cuando mueves los bolillos,
y yo paso por tu calle
con mi pena y con mi libro
dices, temblando, entre dientes,
arropada en los visillos:
«¡Ay, si yo con ese hombre
hubiera tenido un hijo!...»
dimecres, 27 de gener del 2010
Ahora me toca a mi
AHORA ME TOCA A MI de RAFAEL DE LEÓN
Decorado de sala elegante.
(Entra MANOLO. Es un hombre maduro, de aire tosco, pero bien vestido. Lleva sombrero cordobés. Le acompaña un CRIADO.)
MANOLO: ¿Se puede pasá? ¿Qué hay, tropa?
(Al criado)
¿Qué espera usté? ¿Mi sombrero?
Mejor está en mi cabesa
que corgao en er perchero.
Y además son hijos míos
los tres que tengo delante.
¿Qué hay tropilla? ¡Güena casa!
Y un criao muy elegante
que en vez de vuestro papuchi
se cree que soy un permaso.
(Dando el sombrero al criado)
Vaya er sombrero. Y procura
que no me den er cambiaso.
(El Criado hace una ligera reverencia en dirección al primer término y se va por la puerta cerrando el cortinaje.)
Su reverencia... me chifla
que sos traten con respeto.
¡Tres señoritos! ¡Qué orgullo
para un padre tan cateto!
¡Tené tres hijos varones
que están viviendo en sus glorias
porque yo m'alimentaba...
de papas y sanahorias!
Me alimentaba... hace tiempo;
que hoy ya la cosa varía.
No ví a dejá ni la cresta
de un pollo de Andalusía.
Que nos vorvemos tragones
los viejos mal educaos,
y eso nos quita finura
pa tratá con abogaos
como er que de parte vuestra
vino a hablarme de intereses
y le di ... que con er susto
tiene cama pa dos meses.
El hombre vino a desirme
por encargo de mis hijos
que ustedes no estáis conformes
con que venda los cortijos.
Que debo seguí en er campo
lo que me resta de vía
cuidando de las cosechas
y de la ganadería;
que no se seque el arjibe,
que no s'avinagre er mosto;
bébete er frío de enero
y anda y súdalo en agosto.
No duermas... cuenta las horas
de la noche una por una...
Tienes que viví pendiente
de los cambios de la luna.
Ayer te fartó una oveja,
¡vaya bendita de Dió!...
¿Voy a llamá a los civiles
si de chico fui pastó?
¡Pastó de ganao montuno
con las alpargatas rotas!
¡De Córdoba a Extremadura
por tres puñaos de bellotas!
Y en cambio, los tres cachorros
de aquel pastó miserable
van por tabaco a la esquina
con sus tres descapotables.
Que yo lo tendría a gala
si al derrochá mis dineros
se le añadiera er que ustedes
ganaran como ingenieros,
o bien como sirujanos,
o de doctores en leyes...
¡O echándose a las costillas
tóos los vagones der muelle!
¡Trabajando! ley der sielo
que con ustedes no reza
porque como hay todavía
muchos toros en la dehesa
y hay trigo pa veinte años
y desbordan los lagares
y a caballo hay por lo menos
hora y media de olivares,
que trabaje papaíto
que hay que vé lo bien que está;
y eso que l'ha dao ahora
por bebé, por trasnochá,
por í con cuatro amigotes
de francachela a Sevilla
y hasta parese que disen
que ronda a una chavalilla,
y antes de que se nos casen
er día menos pensao
aquí lo mejó que hasemos
es mandarle un abogao
que le diga las verdades
aunque le sepan amargas;
ar pródigo no es difísi
por ley, echarle la garga.
¡¡Intentarlo!! Ya hemos visto
que el abogao... renunció;
yo no admito en este pleito
más tribuná que er de Dió.
Él sabe que yo he sufrío
todas las humillaciones
pa que ustedes no tuvieran
que sé destripaterrones.
Pa mí, ni café ni amigos,
ni un sigarro, ni una copa...
Pero mis niños... ¡tres duques
en lo tocante a la ropa!...
Y vengan manjares finos,
vengan colegios de pago,
vengan potros y escopetas,
y vivan los Reyes Magos.
Sursíos en mis carsones
y en er buche telarañas...
¡Pero hay que vé cómo viven
los hijos de mis entrañas!
Y, claro, los pobresitos
están tan acostumbraos
que en vez de darme las gracias
me mandan un abogao
pa que no gaste er dinero
que lo debo de guardá
y er día que yo me muera
se lo reparten y en pá.
Lo siento, pichones míos,
rosas de mayo y abrí...
Ya habéis disfrutao lo suyo
y ahora me toca a mí.
¡Vengan corrías de toros
y buen vino y mejor cante
pa regusto de un campero
que ya ha trabajao bastante!
Mira qué terno más fino,
mira qué cigarros puros...
En la puerta un artomóvi
y aquí unos miles de duros
pa gastarlos en claveles
si me encuentro una serrana
que suerte dos lagrimitas
de compasión por mis canas.
La compasión que me niegan
los tres hijos de mi amó;
si no estoy en mi derecho
sentensia me mande Dió.
¡Casa! Mi sombrero. ¡Pronto,
que me voy a divertí!
Con er permiso de ustedes...
¡Ahora me toca a mí!
Decorado de sala elegante.
(Entra MANOLO. Es un hombre maduro, de aire tosco, pero bien vestido. Lleva sombrero cordobés. Le acompaña un CRIADO.)
MANOLO: ¿Se puede pasá? ¿Qué hay, tropa?
(Al criado)
¿Qué espera usté? ¿Mi sombrero?
Mejor está en mi cabesa
que corgao en er perchero.
Y además son hijos míos
los tres que tengo delante.
¿Qué hay tropilla? ¡Güena casa!
Y un criao muy elegante
que en vez de vuestro papuchi
se cree que soy un permaso.
(Dando el sombrero al criado)
Vaya er sombrero. Y procura
que no me den er cambiaso.
(El Criado hace una ligera reverencia en dirección al primer término y se va por la puerta cerrando el cortinaje.)
Su reverencia... me chifla
que sos traten con respeto.
¡Tres señoritos! ¡Qué orgullo
para un padre tan cateto!
¡Tené tres hijos varones
que están viviendo en sus glorias
porque yo m'alimentaba...
de papas y sanahorias!
Me alimentaba... hace tiempo;
que hoy ya la cosa varía.
No ví a dejá ni la cresta
de un pollo de Andalusía.
Que nos vorvemos tragones
los viejos mal educaos,
y eso nos quita finura
pa tratá con abogaos
como er que de parte vuestra
vino a hablarme de intereses
y le di ... que con er susto
tiene cama pa dos meses.
El hombre vino a desirme
por encargo de mis hijos
que ustedes no estáis conformes
con que venda los cortijos.
Que debo seguí en er campo
lo que me resta de vía
cuidando de las cosechas
y de la ganadería;
que no se seque el arjibe,
que no s'avinagre er mosto;
bébete er frío de enero
y anda y súdalo en agosto.
No duermas... cuenta las horas
de la noche una por una...
Tienes que viví pendiente
de los cambios de la luna.
Ayer te fartó una oveja,
¡vaya bendita de Dió!...
¿Voy a llamá a los civiles
si de chico fui pastó?
¡Pastó de ganao montuno
con las alpargatas rotas!
¡De Córdoba a Extremadura
por tres puñaos de bellotas!
Y en cambio, los tres cachorros
de aquel pastó miserable
van por tabaco a la esquina
con sus tres descapotables.
Que yo lo tendría a gala
si al derrochá mis dineros
se le añadiera er que ustedes
ganaran como ingenieros,
o bien como sirujanos,
o de doctores en leyes...
¡O echándose a las costillas
tóos los vagones der muelle!
¡Trabajando! ley der sielo
que con ustedes no reza
porque como hay todavía
muchos toros en la dehesa
y hay trigo pa veinte años
y desbordan los lagares
y a caballo hay por lo menos
hora y media de olivares,
que trabaje papaíto
que hay que vé lo bien que está;
y eso que l'ha dao ahora
por bebé, por trasnochá,
por í con cuatro amigotes
de francachela a Sevilla
y hasta parese que disen
que ronda a una chavalilla,
y antes de que se nos casen
er día menos pensao
aquí lo mejó que hasemos
es mandarle un abogao
que le diga las verdades
aunque le sepan amargas;
ar pródigo no es difísi
por ley, echarle la garga.
¡¡Intentarlo!! Ya hemos visto
que el abogao... renunció;
yo no admito en este pleito
más tribuná que er de Dió.
Él sabe que yo he sufrío
todas las humillaciones
pa que ustedes no tuvieran
que sé destripaterrones.
Pa mí, ni café ni amigos,
ni un sigarro, ni una copa...
Pero mis niños... ¡tres duques
en lo tocante a la ropa!...
Y vengan manjares finos,
vengan colegios de pago,
vengan potros y escopetas,
y vivan los Reyes Magos.
Sursíos en mis carsones
y en er buche telarañas...
¡Pero hay que vé cómo viven
los hijos de mis entrañas!
Y, claro, los pobresitos
están tan acostumbraos
que en vez de darme las gracias
me mandan un abogao
pa que no gaste er dinero
que lo debo de guardá
y er día que yo me muera
se lo reparten y en pá.
Lo siento, pichones míos,
rosas de mayo y abrí...
Ya habéis disfrutao lo suyo
y ahora me toca a mí.
¡Vengan corrías de toros
y buen vino y mejor cante
pa regusto de un campero
que ya ha trabajao bastante!
Mira qué terno más fino,
mira qué cigarros puros...
En la puerta un artomóvi
y aquí unos miles de duros
pa gastarlos en claveles
si me encuentro una serrana
que suerte dos lagrimitas
de compasión por mis canas.
La compasión que me niegan
los tres hijos de mi amó;
si no estoy en mi derecho
sentensia me mande Dió.
¡Casa! Mi sombrero. ¡Pronto,
que me voy a divertí!
Con er permiso de ustedes...
¡Ahora me toca a mí!
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